¿Puede el deseo hablar en marxista? ¿Puede el cuerpo amado tener plusvalías, la piel una tasa
de beneficio, el orgasmo ser democracia del proletariado? En este poemario la respuesta es sí,
y esta afirmación no es un juego intelectual, si acaso una declaración de principios: el
capitalismo lo ha colonizado todo, incluido el amor, y solo nombrándolo con sus propias armas
se puede intentar la fuga.
La revolución no es una metáfora construye un idiolecto poético donde Marx, Lenin, Gramsci y
los soviets conviven con la geología de un cuerpo deseado, el salario mínimo como compañero
de cama y las golondrinas bolcheviques sobrevolando un horizonte de derrota hermosa. Elegía
lúcida de quien sabe que el sujeto revolucionario se ha extraviado pero no renuncia a buscarlo,
aunque sea entre sábanas. Quien busque mítines y nostalgia doctrinaria que se busque otro
catre.
Con una voz que va de la letanía al poema en prosa, del epigrama feroz a la ternura
descarnada, este libro pregunta en voz alta lo que muchos callan: si ya no hay revolución
posible, ¿para quién el pan de las palabras?